Releyendo Las Rubaiatas del poeta Omar al-Jayyam, quien siempre me ha impactado aunque no comulgamos en todas sus ideas, por su profundo sentir humano, que enarbolando los goces de la vida con las transposiciones de amargura y optimismo, propone un carácter de individuo acentuado en su realidad.
Para Al-Jayyam la vida exige del hombre duros sacrificios porque es esclavo de sus propios prejuicios un tanto absurdos que no le permiten disfrutar de su efímera existencia.
Al-Jayyam quiere convencer al hombre de que está equivocado y lo invita a que se desnude de dogmas y doctrinas para que aproveche de los valores tangibles de la naturaleza.
Su propuesta que data alrededor del año mil cien no ha perdido vigencia a la fecha, inicios del siglo veintiuno.
Claro que ha corrido mucha agua debajo del puente, como suele decirse. Posiblemente si viviese hoy en día el problema de la deshumanización y del mal entendido individualismo lo arroparía y su sentido de perfilarse, sería un tanto extraño.
Se encontraría, entre otras cosas, un ser humano que no se cuestiona nada, porque no se inserta en la realidad y prefiere desaparecer en el anonimato de la masa conformista, o ley del menor esfuerzo.
Siempre he cuestionado a aquellos que creen que el individualismo a ultranza es un reflejo de la evolución de las libertades. Nada más herrado.
Nunca el hombre ha sido más libre que cuando ejerce la voluntad de serlo. Después de todo, tiene semilla de libertad, plantada por un Dios, que la respeta, hasta el extremo de permitir que lo nieguen.
¿Como se puede ser libre si no se cuestiona la misma libertad?.
Ya no se ejerce el derecho al voto, solo se vota. Ya no elegimos la ropa, la seleccionamos. No tomamos nuestros alimentos, nos alimentamos. Ya no opinamos, nos atenemos a corrientes de opinión. Ya no somos seres sexuados, tenemos orientación sexual. En definitiva, lo colectivo, lejos de aunarnos nos divide, para gobernarnos, encasillados cada uno, en un individualismo utópico.
Nos vamos diluyendo en la masa tapando las ausencias de formación de criterios, de definiciones, de personalidad.
El terrorismo nos arropa, el de estado y el del otro. Pero lo que es peor es que vivimos aterrorizados, descojonados al fin, no logramos una respuesta coherente y resguardamos de silencio un interior vacio.
Me preguntaron qué opinión tengo de los movimientos guerrilleros y les contesté que no soy un experto en historia.
Gracias a Dios, me entendieron, se sonrieron, y dejamos eso así.
Debí haberles dicho que ya no existen guerrilleros, solo quedan terroristas (de ambas partes).
El guerrillero se movía por un ideal, el terrorista quiere sembrar terror para ver que pesca en el agua revuelta, son como niños que no saben los límites hasta que la madre les da una palmada en la nalga y entonces saben que llegaron.
Sentimos la ausencia de religión porque las iglesias están más vacías, percibimos la usencia de ideales porque son como el viento, solo se siente cuando sopla, y sentimos que no soplan. Moriremos hastiados de nuestra vaciedad individual.
Los ideales nos hacen vivir crucificados, no hay resurrección sin el sacrificio de la muerte, esa muerte permanente del desprendimiento de lo mío, del reconocimiento del prójimo.
Vuelvo a escuchar las estrofas de Omar al-Jayyam.
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SI, ESTOY EMBRIAGADO
según mis detractores,
por haber bebido
el vino de los magos
lo estoy.
Y si soy ateo,
idólatra y hechicero,
porque así lo proclaman,
sin duda
lo seré...
Los partidarios
de toda clase de sectas y religiones
se contentan con simples presunciones
y me acusan torpemente,
sin que de eso se avergüencen.
Pero yo me levanto
muy por encima de sus estupideces.
La única verdad:
no soy esclavo
y a nadie pertenezco.
Lo que yo soy;
es de mi exclusiva propiedad.
Vivo,
y viviré siempre
a mi antojo.
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Aún involucionadome mil años, percibo la misma soberbia del hombre contemporaneo solo que este último, sin convicción, mas que ateo, es eunuco de espíritu.